Me encanta sentir el peso de tu mano sobre mi cadera. Cuando la apoyas despreocupadamente una vez me acerco a ti mientras lees. Cuando estamos juntos en un grupo y vienes a unirte a mi conversación y la posas, como un pájaro que busca una rama segura. Me gusta sentirla cuando tienes ganas, y la dejas ahí apenas un pequeño instante para luego bajar un poco más, o subir lentamente e iniciar unas caricias que sólo pensar me excitan.
El recuerdo del roce de tu mano en mi cadera es el recuerdo de escalofríos que erizan mi piel, de labios que se inflaman por el deseo, de pupilas que se dilatan, de preludio de pasión rápidamente saciada, porque sabes que no tengo paciencia y no controlo mis ansias de dirigirme a ti, mirarte a los ojos y morderte la boca, y entonces, olvidarme de todo y dejarme besar, tocar, recorrer mi cuerpo y quitarme la ropa, porque todo me sobra si no eres tú el que cubre mi piel.
Me encanta el peso de tu cuerpo, sobre mi espalda, sobre mi pecho, apretando mis caderas, antes apenas rozadas por tu mano, ahora fundidas en tu cuerpo por tus embestidas. Me gusta sentir tu cuerpo sobre el mío, y que no temas y te dejes llevar y te dejes, simplemente te dejes para que pueda recorrer todo tu cuerpo.
Y entonces, sea mi peso el que sientas sobre tu cuerpo, marcando el ritmo de nuestros sexos, abiertos, tú dentro de mí, sintiéndonos en un mecer suave, primero lento que se acelera con nuestras respiraciones, culminadas con gemidos.
Me gusta sentir mi cuerpo sobre el tuyo, para ti apenas peso, mientras descansamos y recobramos el aliento, livianos ambos porque el éxtasis nos ha llevado al cielo.
2 comentarios:
Y al cielo que te lleva muchas veces, sí que sí...
Me ha encantado. Alucinante. Y elegante. Yo quiero ser elegante también...
Gracias. Y la elegancia es no ser directa en este caso, quizás debería llamar más a las cosas por su nombre...
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